Nadie te creerá

Vestidos de negro todos lloraban a mi alrededor y yo no sabía quién era el muerto.

Una fina lluvia envolvía el camposanto y una multitud de paraguas se apresuró a cubrirlo todo. Busqué con la mirada al que debía de ser mi marido pero no lo encontré y una sensación de ahogo me atenazó la garganta. No lograba acordarme de mi nombre pero, minutos antes, había descubierto la foto de un hombre en el bolsillo interno de la chaqueta. Además, llevaba una alianza de oro en el dedo y nadie me estaba sosteniendo por un brazo como se suele hacer con las viudas. Me di cuenta de que entre todos los presentes tan solo reconocía al cura y eso porque vestía sotana y llevaba sombrero negro.

Me sentía como si hubiera venido al mundo en ese cementerio y en ese instante, consciente de lo qué es la vida pero sin haberla vivido.

Por momentos me llegaban a la mente imágenes oscuras iluminadas tan solo por los faros de un coche que yo misma iba conduciendo: pinos retorcidos en una carretera llena de curvas y mal asfaltada. Llevaba puesto un vestido rojo tan apretado que me quitaba el aliento, pero, por lo visto, no importaba demasiado porque iba tarareando el estribillo de una canción que estaba emitiendo la emisora de radio. A mi lado, las lentejuelas de un bolso producían destellos luminosos que distraían mi atención. A un cierto punto, la calzada desapareció y los faros alumbraron las copas de los árboles. A partir de ese instante, el enfoque ya no era el mismo y podía ver mi cabeza dar golpes contra el techo, como en una película. Recordaba rabia, miedo, soledad e impotencia, pero no conseguía sentir esas emociones en la piel. La oscuridad, el silencio y el vacío que siguieron a esa escena, más que asustar, me inquietaban.

Noté una mano que tiraba de mi brazo y me giré.

Bajo el amparo de un paraguas, un hombre elegante me animó para que hablara con mi cuñada. Le observé durante unos segundos, pero por mucho que me esforzara no lograba ubicar su cara.

El desconocido me cedió el paraguas con una inclinación de cabeza. Es curioso, pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que la lluvia no me estaba mojando, no había notado que me encontraba bajo el mismo cobijo del hombre que tenía detrás. Hubiera querido preguntar quién era mi cuñada, pero no lo hice.

Me acerqué al féretro intentando ganar tiempo. Había una mujer que parecía más apenada que las demás y me dirigí hacia ella. A su lado, sin saber hacia dónde mirar, tres niños de edades similares se cogían de la mano.

—Te acompaño en el sentimiento… —dije, pero sin pronunciar su nombre.

La mujer se lanzó entre mis brazos y, por lo mucho que parecía sufrir, deduje que en el féretro yacía su marido.

—Era un buen hombre —comenté—, y te quería.

Me quedé ahí, al lado de una desconocida desecha en lágrimas, sin dejar de preguntarme si el muerto podría ser mi hermano.

Si en esos momentos hubiera sospechado lo que iba a suceder me habría ido de allí en silencio. Pero tampoco lo hice.

El cura dijo unas palabras y el ataúd quedó cubierto de tierra. Poco a poco la gente se dirigió hacia sus coches y solo quedábamos unos pocos allegados.

El hombre elegante se acercó a nosotras y nos cogió por el brazo.

Entramos en un coche, ellos dos delante y yo detrás con los niños que no paraban de subir y bajar las ventanillas.

—¡Estaros quietos de una vez, en respeto a vuestra madre! —dijo él, y aprovechó el momento para mirarme.

Me sentía perdida porque no sabía si ese hombre era mi marido, mi cuñado, mi hermano o un amigo de familia pero no me atreví a preguntar porque a nadie le extrañaba mi silencio. Todos me trataban como si yo fuera una niña que no acababa de entender y, en el fondo, no andaban equivocados.

—La verdad es que no me encuentro muy bien —comenté.

—Es normal —contestó él con dulzura— el medico dijo que tardarías en reponerte, que te cansarías fácilmente y que tendrías vacíos de memoria de vez en cuando. La muerte de Luis no te está ayudando demasiado

Mi cuñada, al oír las últimas palabras, rompió a llorar y el hombre le susurró que debía de ser fuerte y que él también echaría de menos a su hermano.

En ese momento descubrí que el muerto se llamaba Luis, que el hombre elegante era mi marido, y que mi hermano, si es que lo tenía, seguiría vivo.

Enfilamos una carretera de montaña rodeada de bosques tupidos hasta llegar a una casa de campo cuyas puertas se abrían a un hermoso jardín. Había gente charlando por todas partes y al vernos llegar, callaron.

Noté miradas furtivas posarse sobre mi persona y bajé la cabeza. Una anciana asomó por la puerta y se echó en los brazos de mi marido llamándole Diego. Le daba golpes en el pecho sin dejar de llorar mientras mi cuñada y yo entrabamos en casa.

Me sentí observada y eso me hervía la sangre. Daba la sensación de que toda esa gente supiese lo mío y que quisiese comprobar si yo era capaz de recomponer el puzle de mi vida.

Al ver abierta la puerta de un despacho, entré y me senté lejos de todos. Cerré los ojos e intenté dejarme llevar por el inconsciente, olvidar lo poco que sabía sobre mí para empezar de cero. Pero la tranquilidad duró poco tiempo porque una voz lacrimosa me obligó a volver a la realidad. Delante de mí estaba mi cuñada, la pobre me ofrecía una copa de vino que, según sus palabras, me podía reconfortar.

La mujer no dejaba de acariciar un objeto que traía apretado contra el pecho y, cuando dejé el vaso vacío sobre la mesa, se apresuró a enseñármelo. Era la foto de su boda con Luis.

—Parece mentira —dijo mientras indicaba a su marido— que una caída tan estúpida haya puesto fin a su vida. Le reconoces, ¿verdad?

Sonreí a mi cuñada y tras acariciarle el pelo me centré en la imagen: ella, bastante más joven, estaba radiante con su vestido blanco y él… él era el mismo hombre que sonreía desde la foto que yo llevaba en el bolsillo.

—Me imaginé que no lo recordarías, por lo de tus vacíos de memoria —dijo ella con un tono de voz que me sonó algo frío. Luego se levantó y después de cerrar la puerta siguió hablando— ¡normal, efecto colateral de lo que te eché en la bebida la noche de tu accidente! Me lo dio una buena amiga, está un poco loca pero sabe lo que hace.

Levanté la cabeza y la miré. No podía creer lo que estaba oyendo.

—Sabes, querida —dijo entrecerrando los ojos— pensé que si iba a perder a Luis, tú tampoco lo tendrías. Lástima que las cosas no salieran bien, tras el accidente estuviste en coma mucho tiempo pero al final despertaste. Un fallo. Decidí entonces evitarle sufrimientos a Luis, ¡pobre, no le reconocías! Eso fue más fácil, un buen golpe a la escalera en la que estaba subido y se acabó.

Todo daba vueltas en mi cabeza. Aquello no podía ser verdad, debía de ser una pesadilla y decidí comprobarlo dándome un pellizco en la pierna. Mi cuñada se echó a reir después de comprobar que la puerta seguía cerrada.

—¿Has matado a tu marido? —logré preguntar mientras notaba que se me nublaba la vista.

— Si lo cuentas, nadie te creerá y, de todas formas, el brebaje de mi amiga, que te acabas de tomar con el vino, no tardará en hacer efecto.

 

Ahora todo es blanco a mi alrededor y mi vestido es del mismo color. Por la visto, el fatídico brebaje tampoco fue letal la segunda vez que lo tomé o a lo mejor es cierto aquello de que hierba mala nunca muere. La realidad es que sigo aquí. Cuando despierto, por la ventana del cuarto veo franjas de cielo separadas por barrotes y cuando intento salir, la puerta del cuarto está siempre cerrada. A veces Diego viene a visitarme y me sonríe aunque al irse nunca deja de preguntarme porqué estrangulé a mi cuñada.

Yo quisiera explicarle. Pero nunca lo hago.

 

Paola Panzieri
De aquí y de allí

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