Mi Daganzo y yo


Conocí Daganzo de Arriba en el año 2001. Una pareja de amigos reunió a un grupo de sus amistades en la su casi recién estrenada casa daganceña. Eran los primeros años del verdadero boom inmobiliario que vivió la localidad a finales de los noventa y bien entrada la primera década del siglo XXI. Mis amigos eran de esas primeras parejas que se mudaban a un chalet adosado de aquellas promociones.
Aquella primera vez me trajeron un poco a ciegas. Desde el puente de Vallecas en Madrid, me senté junto a mi amigo en su coche sin importarme mucho adónde me llevaban. Pasaba una mala época sentimental que mis cercanos intentaban paliar. En aquel lugar, de nombre único y difícil de pronunciar, nos esperaba mi amiga para encargar un par o tres de pizzas grandes con las que agasajar a los invitados que acudíamos aquella noche a conocer su casa. Cuando salí del coche frente a la casa, una más de la hilera, de las hileras de chalets que se ordenaban frente a nosotros, me pareció que estaba lejísimos de cualquier lugar de mi rutina diaria.
Lo pasé bien aquella noche. Mi amiga nos enseñaba con orgullo y timidez su casa. Los muebles de terraza de su madre servían diligentemente de muebles de salón. En la cocina la misma fórmula solucionaba las necesidades diarias en espera de ahorrar lo suficiente para muebles más del gusto de sus jóvenes, adultos y recién independizados propietarios. Por aquellos años la edad para independizarse ya la habíamos retrasado en
España. Yo tenía 27 años y ese año precisamente empezaba a plantearme comprarme casa, sola por supuesto, ante mi reciente fracaso amoroso.
Cuando regresaba a Madrid le dije a mi amigo que no entendía que se hubiesen ido tan lejos a vivir, que yo quería vivir en la ciudad, en el gigantesco y nunca dormido Madrid de mis amores.
No volvería a Daganzo hasta el 2004, tras ser flamante y raquítica propietaria de un coqueto piso de 60 metros en mi querido Madrid. Lo había conseguido. Me había endeudado hasta las cejas para vivir en una de las ciudades más caras de España y de Europa para comprar una casa. Mi pisete, como lo sigo llamando, era uno de nueva construcción, de renta libre, en un nuevo desarrollo de la zona Sur de la ciudad. Una zona de tradicional mala fama por delincuencia pero que, a decir de mi padre -madrileño gato, habitante del extrarradio mostoleño, y experto de décadas en el diario vivir del asfalto gatuno- había cambiado mucho, a mejor, su vecindad en los últimos años y además, y casi más importante, estaba muy bien comunicada -carretera, autobús, y en breve metro-. Tras alquilar una de las dos habitaciones que tenía la casa, y amueblar lo mínimo e imprescindible, me acostumbré a vivir con menos de 400 euros mensuales. Me consideraba afortunada por disponer de un diminuto colchón monetario, que mimaba con las pagas extras de mi trabajo y maltrataba con los gastos anuales de seguros y contribuciones-. Todo calculado para vivir en independencia y soledad. ¡Si lo vamos a ver, los problemas de nuestra juventud española los hemos sufrido quienes ya no entramos en ese baremo!
Y llegó el amor y llegó Daganzo de Arriba.
Porque fue eso y no otra cosa. Encontré de nuevo el amor, el definitivo. Y todo estuvo muy rodado. Apenas un año de soltera independiente en la ciudad de mis sueños y solté amarras de aquello que tanto había soñado y que ahora veía tan poca importancia tenía. Me fui de nuevo al extrarradio. Más lejos si me apuras, aunque poco más. Me fui, me vine, convencida y segura, de que Daganzo era el lugar mejor para vivir que podía encontrar.
¡Cómo cambian las prioridades! Ahora buscaba comodidad pero también silencio y tranquilidad. Buscaba agilidad huyendo de los ajetreos castizos. Buscaba un lugar donde tener familia. Me había convertido en la candidata ideal para vivir en Daganzo de Arriba. Y aquí  me vine, con mi aún novio, como lo hicieran unos años antes mi pareja de amigos. Con ellos coincidí y conviví mientras ambas parejas íbamos construyendo nuestras vidas.
Daganzo de Arriba me ve cada día desde el 2004 y yo le veo a él. Ahora yo soy parte de este pueblo, es mi pueblo, por eso disfruto en él y con él, lo paseo, lo vivo, me sana y me duele.
Apenas ocho años que soy daganceña. Muchos más lo que me quedan, cientos de miles de días que tamizan en mi retina y en mi cerebro y conforman mi pueblo, el pueblo de mis vecinos, el que es,  el que queremos que sea, el que se ha de conservar, y el que se ha de perder.
Todos esos en uno son Daganzo de Arriba, un pueblo de origen romano, con mucho para contar, por más por vivir.
Aquí comienza mi Daganzo y Yo.

Nieves M. Martín
Escritora.

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One Thought to “Mi Daganzo y yo”

  1. Andrea

    Que bonita historia. Precisamente estoy buscando impresiones sobre vivir en Daganzo de Arriba, pues mi marido y mi hija soñamos con un chalet con jardín y un perro que nos acompañe. Cosa que no tenemos en nuestra casita de 50 metros cuadrados de Madrid. Vamos a darnos una vuelta por allí a ver con qué nos encontramos. Un saludo!

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