El medio hombre (II)

Retomamos el relato del que sin duda, es uno de nuestros más destacados héroes.. Podéis ver la 1ª parte aquí.

Al amanecer, los puestos de vigía habían dado la voz de alarma, ¡¡¡Flota enemiga a la vistaaa!!!, y unos cañonazos desde los fuertes más extremos de la ciudad, dieron aviso a los habitantes del peligro que se avecinaba, a la vez que advertía a los atacantes de su poderío en tierra.
Don Blas de Lezo despachó con el virrey a primera hora, tras haber inspeccionado a la flota que aparecía en el horizonte, y después de la primera junta con todos sus oficiales mayores. El despacho fue corto y frío, como todos los que tuvieron hasta el momento. Don Sebastián de Eslava, el virrey de España, celoso de la fama y éxito militar de Don Blas de Lezo, había rehusado todas las medidas de protección sugeridas por el almirante, pero por si acaso, guardaba un as en la manga: en la Habana se suponía que aguardaba amarrada la flota española que debía venir en auxilio de Cartagena, y cerca además andaba un flota francesa que, gracias a las últimas alianzas, se prestaría a la batalla contra el inglés. Así si las informaciones de Lezo eran ciertas, y los ingleses atacaban, sólo tenía que mandar un correo a través de las líneas enemigas y avisar para coger al enemigo de espaldas, entre los cañones de Cartagena y los navíos aliados. De  esta forma, con aplastante triunfo sobre el enemigo volvería triunfante a la corte donde el rey seguramente le ofrecería un mejor puesto como recompensa.
Así que el Virrey despachó con desdén a Lezo sin atender a su plan de defensa que no contaba con ayuda alguna del exterior. “Si yo fuese Vernon (el almirante inglés) tomaría tierra por el norte mientras sitiaba a la plaza para que llegue ningún correo a la Habana”, dijo Lezo. “Ya, pero usted no es ni Vernon ni yo”, contestó el virrey.
Lezo salió del palacete directo a la catedral para confesarse con el obispo, después se despidió de su mujer y llamó a sus oficiales. Dispuso la defensa como le obligó el virrey, dejando casi sin defender la parte más vulnerable a un ataque por tierra para que el enemigo entrase por ahí y cerrar la trampa con las naves de refuerzo por detrás y las tropas de tierra por delante. Lezo embarcó con sus hombres en sus naves para unirse con la supuesta flota que vendría a auxiliarles y atacar juntos la retaguardia del inglés.
Pero la flota inglesa ya se había encargado de neutralizar el correo del virrey y atacó exactamente por donde vaticinó Lezo, que al ver la marea de velas enemigas avanzar justo hacia el punto más vulnerable, viró sus naves y las puso a salvo dentro del la bahía protegida por cañones y cadenas.
Lezo irrumpió en el despacho del virrey a pedir más hombres para la defensa de las playas del norte, donde estaba claro pensaban desembarcar las lanchas enemigas con hombres y cañones. El virrey lejos de admitir su error le exigió que llevase marinos a tierra en dirección contraria, donde decía estar seguro que atacarían.
Días más tarde, los cartagineses se despertaron sobresaltados por los cañonazos que sonaban en el norte de la  plaza, donde estaban intentando desembarcar los ingleses. Allí estaba el propio Lezo defendiendo la plaza con sus hombres cuando llegó un correo del virrey que pedía más hombres para la defensa sur. Así los ingleses rompieron la primera linea de defensa con facilidad, produciendo gran número de bajas entre nuestras líneas y los pocos que quedaron tuvieron que replegarse hasta posiciones más retrasadas. Lezo ordenó enseguida la defensa de las siguiente línea de cañones con un invento suyo que consistía en que las balas de cañón iban atadas con cadenas, y al dispararse iban rotando y causaban un destrozo en las velas nunca visto por los ingleses. También probó unas nuevas bombas explosivas que estallaban al chocar con las cubiertas enemigas. Una defensa mortífera desde las naves de dentro de la bahía y los pocos hombres que quedaban en los fuertes de la costa. Pero el empuje inglés era imparable y el grueso de las tropas españolas estaban donde no debían, porque el virrey seguía confiando en su correo a la Habana. Una patrulla arrestó a unos braceros ingleses y uno de ellos confesó que en el barco del almirante inglés había un español cautivo desde hacía días: el correo. Lezo no tardó en comunicárselo al Virrey a voces. ¡Estamos solos, no hay flota que nos ayude!. Aún así el orgullos virrey continuó sin atender a razones, ni siquiera cuando Lezo le advirtió que estaban desembarcado artillería pesada en tierra para batir el castillo que defendía la bahía.
El castillo cayó y Lezo tuvo que ver cómo el virrey ordenaba hundir sus buques en la entrada de la bahía para impedir el paso de la flota enemiga. Pero seguían avanzando. Tras diversos enfrentamientos, el virrey llega a destituir a Lezo del mando, y éste sigue luchando como un soldado raso.
Vernon en ese momento mandó una fragata rápida corriese a Inglaterra a informar sobre la caída de Cartagena.
A los pocos días y ante la evidencia, el virrey pidió a Lezo que volviese a tomar el mando. Ese fue el momento de la reconquista del terreno perdido. De noche con pequeñas patrullas, sabotearon una a una los puestos enemigos más avanzados, al tiempo que dispuso un plan: mandó ahorcar a un desertor portugués públicamente para que los ingleses lo viesen, y después soltó a dos espías españoles a las líneas enemigas, haciéndose pasar por desertores. El propio Almirante Vernon, dijo que los españoles no iban a ser tan infantiles como para intentarlos engañar con esa treta después de haber ahorcado a un desertor suyo, y decidió dar crédito a las informaciones que les proporcionaron. Éstas consistían en la localización de un punto débil en la a principal defensa de la ciudad, un punto cercano a una playa donde podrían desembarcar el grueso de la tropa, y escalar por un fácil acceso y así salvar sus defensas. Y funcionó, vaya si funcionó!. A los pocos días el flamante ejército inglés formado por esclavos jamaicanos en vanguardia, seguidos de jóvenes americanos (el hermano de George Washington estaba entre ellos) y cerrando filas los aguerridos veteranos británicos, se pusieron en tierra por el punto descrito por los falsos desertores. Resultó ser la trampa perfecta: el terreno era un extenso barrizal y la cima del monte por donde supuestamente debían cruzar, estaba sembrada de trincheras españolas. Tras una feroz lucha, los ingleses se dieron la vuelta buscando refugio, pero se encontraron con fuego cruzado de artillería que les impidió la huida. En ese momento Lezo hizo salir de las murallas a todos los hombres que quedaban en reserva para acabar con los atacantes. La carga fue de un empuje terrible. Sabían que los ingleses no tendrían piedad de ellos si no aprovechaban esa oportunidad.
Mientras en la bahía, estaba el grueso de la fuerza naval intentando llegar hasta la ciudad, con el propio Vernon entre sus componentes. Iban derechos al fuerte que supuestamente sus hombres en tierra habían tomado. La sorpresa les llegó cuando empezaron a sufrir un infernal cañoneo desde ese fuerte, acompañado de fuego lateral que no sabían de dónde salía.
Las  pérdidas fueron insostenibles y las tropas supervivientes se acantonaron en lugar seguro, lejos de las baterías españolas pero aislados de sus naves y entre un mar de cadáveres.
Lezo pensó que la imprevisión de los ingleses de no enterrar a sus muertos, quizá les diese a ellos alguna ventaja. Y así fue: la peste los acabó devorando en tierra y la llevaron a bordo de las naves que quedaban.
Poco después se recibía una carta del Almirante inglés, diciendo que se retiraban momentáneamente pero que pronto volverían, a lo que Lezo les contestó que ”para venir a Cartagena, es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.
Al irse los ingleses, Cartagena quedó rodeada de cadáveres infectados, lo que produjo que la peste también entrase dentro de la ciudad, contagiando al propio Blas de Lezo que murió en su cama poco tiempo después.


Le dio tiempo al virrey de pedir por carta al rey (Felipe V) el castigo del General Lezo por insubordinación y atribuyéndose él mismo el éxito militar de la victoria. Mientras toda Cartagena vitoreaba al “medio-hombre” como cariñosamente le llamaban.
Su Majestad Felipe V, orgulloso de la hazaña, ascendió al virrey Eslava a Capitán General de los Reales Ejércitos y lo nombró Marqués de la Real Defensa de Cartagena de Indias.
En Inglaterra prohibieron la difusión de la derrota, destruyeron las monedas de acuñadas celebrando la victoria, y apartaron al Almirante de la vida pública. Éste murió 16 años después y en su tumba reza el epitafio más escandalosamente falso y ambiguo en la historia militar, todo para esconder la derrota: “sometió a Chagres y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria”.
Lezo murió en su cama de peste, abrazado a un crucifijo, rodeado de su amante esposa y amigos de armas, y con la sombra de la injuria lanzada por su virrey.
Meses después se emitía una real orden por la cual se destituía a Don Blas de Lezo de su puesto de comandante y se le ordenaba regresar a España para ser sometido a un juicio. La muerte le libró de semejante vejación.
Años más tarde y gracias a testimonios de compañeros y a su diario y a las cartas enviadas durante la batalla, su nombre era rehabilitado y se le concedió el marquesado de Ovieco, del que disfrutaron sus descendientes.

Todo un personaje

Nació en Pasajes en 1689. Con 12 años se enrola como guardiamarina en la guerra de sucesión española y con 15 participando en la batalla crucial de la misma, perdió una pierna por lo que fue ascendido. Sirvió a Felipe V en todo el Mediterráneo convirtiéndose en uno de sus más valiosos oficiales, apresando naves inglésas, obligando a pagar deudas a genoveses, repeliendo ataques a la flota de indias… Con 25 años estaba tuerto, manco y cojo y, al mando de una fragata apresó 11 navíos birtánicos y reconquistó Menorca. Fué destinado a América donde persiguió corsarios y defendió numerosas plazas españolas.
Para saber más, recomendamos el libro “El día que España derrotó a Inglaterra” de Pablo Victoria, Edt. Altera.

 

One Thought to “El medio hombre (II)”

  1. Federico

    Gran hombre y uno de nuestro héroes, buen post!