El Duelo

Hay tantos duelos como formas de amar. 
Tantos duelos, como experiencias y personas podamos imaginar.
La muerte forma parte de nuestra experiencia en la vida. Es algo tan esencial en nosotros como difícil resulta manejar a todos.  
Esta experiencia todavía se complica más cuando se trata de la vivencia de nuestros hijos. 
A veces, por querer proteger a los niños de la experiencia de muerte, enmascaramos la información, o simplemente, ocultamos la realidad incluso evitamos su participación en los ritos de duelo con la intención de evitarles sufrimiento o no provocarles algún trauma.
Al igual que la opción de amar, el duelo, está íntimamente relacionado con el sufrimiento ante la pérdida. 
El tipo de vínculo que hacemos con la otra persona, depende de cómo estamos constituidos nosotros mismos como personas: 
Somos dos compañeros de viaje, no uno que rellena al otro. El amor es una experiencia primordial para el ser humano que nos estructura como personas. 
Las experiencias amorosas desde nuestra infancia van a marcar de manera determinante nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos, nuestro entorno y nuestra espiritualidad.     
Cuanto más facilitemos la expresión de nuestras emociones alrededor del acontecimiento de la pérdida y el amor, mayor posibilidad tendremos de que nuestros hijos puedan vivir esta experiencia como algo doloroso, real, pero con opción de integrarlo en su experiencia y en consecuencia de entenderlo. 
La pérdida de la persona amada forma parte del ciclo por el que tenemos que pasar en todas nuestras  relaciones.
Tan importante es el amor como el dolor que se siente ante él y su pérdida.  Evitar el sufrimiento de la vida sería evitar la experiencia de vivir. 
Evitar la experiencia de muerte en los niños es  fomentar en ellos una falsa dulzura de la vida, en el mejor de los casos. Hacer  creer a nuestros hijos algo falso 
e inconsistente que les puede complicar en futuras relaciones. Es frecuente que, ante situaciones en las que no hemos permitido a los niños que elaboren el duelo, 
las explicaciones que ellos dan ante el acontecimiento de pérdida, sean más sórdidas, difíciles, traumáticas y temerarias que si hubieran sido partícipes junto con el resto de la familia. A veces incluso,  reforzamos la idea fantástico-infantil  de que la persona que ha fallecido puede aparecer en cualquier momento y llevársele o que se ha ido porque no le quería.    
Estos terrores y sentimientos de abandono pueden acompañarles a lo largo de su vida e incluso condicionar relaciones futuras. 
Evitarles experiencias de la vida es coartarles en su desarrollo, provocando comportamientos y sentimientos complejos de asimilar. 
Si nos inclinamos más a proteger a nuestros hijos de esta experiencia, podemos crear mayor confusión sobre el significado de la muerte y en consecuencia hacer más difíciles enfrentamientos futuros con la pérdida. 
A veces, son nuestras propias limitaciones y temores los que nos impiden  facilitar  al niño la información necesaria alrededor de la muerte, los sentimientos que
a nosotros, como adultos, nos provoca la pérdida del ser querido y los rituales que tenemos para poder despedirnos. 
Poder permitir a los niños que pregunten, hablen, lloren, expresen su rabia y frustración ayuda a que los pequeños interioricen y asimilen de manera integradora la pérdida. 
Para ello, podemos ayudar al niño a que convierta en objetivo de su vida, el deseo de la persona fallecida: Aquello que su padre quería, hacerlo él ahora: que estudiara, que fuera feliz, que se hiciera responsable .
Preservar  a los niños de las experiencias de duelo es coartar su experiencia de vida, no facilitarles el sentido cíclico que nos brinda la experiencia y en el que estamos inmersos “vida-muerte-vida”, y por tanto no  darles instrumentos para enfrentar la realidad. Del encuentro con la muerte, con la nada, surge la vida. 
Es muy poner ejemplos de la naturaleza, cuentos y mitología para ayudar a entender el sentido cíclico: “del árbol surge la fruta que a su vez surgirá la semilla para que vuelva a surgir el árbol. De los desastres naturales surgen grandes civilizaciones. El ave Fénix surge de las cenizas”.
Para entender cómo vive el duelo cada uno, es importante conocer cómo ha sido la relación afectiva con la persona fallecida, qué lugar ocupaba y el momento personal de la relación en el que se produce ésta pérdida.  Incluso el sentimiento de liberación en relaciones difíciles y costosas puede ser en sí una manera de responder ante la pérdida, tan válida como cualquier otra manifestación emocional. 
Cada uno de nosotros necesitaremos un estilo  y tiempo propio para integrar la pérdida del ser querido. Hay situaciones en las que el duelo se detiene como 
consecuencia de que el vínculo con el fallecido, no está resuelto o porque el momento personal de desarrollo de la persona está estancado, aparcado o incluso relegado a la relación con la persona fallecida. 
Socialmente se mantiene la idea de que la pareja es nuestra media naranja, quedando desolada la persona ante el fallecimiento de su amado/a. 
Podemos ayudar a la persona en duelo apoyándola a recuperar el sentido propio de sus aspiraciones, ilusiones, gustos e integrando en éstas a su amado al ritmo 
que la persona le sea posible.
El proceso del duelo no es algo patológico, algo que tengamos que evitar o superar, sino que es parte de una experiencia vital que nos ayuda a construirnos
como personas.

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One Thought to “El Duelo”

  1. Jose Antonio

    Muy bien esplicado, hay que “naturalizar” también el dolor

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